domingo, 30 de mayo de 2021

Marruecos y la paciencia

 Cuando se habla de un país solemos hacernos abstracción de un conjunto de peculiaridades que nos vienen a la cabeza y construyen en nuestro subconsciente un estereotipo. Así, cuando nos hablan de Alemania nos viene a la cabeza que es el motor de Europa, un país eficiente, organizado, que tiene pasta y que son los que mandan de hecho en Europa. Francia se nos presenta sofisticada, avanzada, reivindicativa y orgullosa.  

Pese a estas ideas, todos somos conscientes de que existen alemanes que son desastres con patas y holgazanes, o franceses garrulos y reaccionarios, pero las excepciones no hacen más que confirmar la idea general. 

Con países con un peso internacional tan relevantes lo tenemos claro, pero ¿qué pasa con aquellos que solo saltan a las portadas de vez en cuando? ¿Qué opinión tenemos de Macedonia? ¿Mali? ¿Indonesia? 

Lo cierto es que si nos preguntan por un país "secundario" la mayoría no sabemos qué decir...  a no ser que sea tu vecino. Ese vecino con el que te llevas muy bien, muy mal, o simplemente no te llevas (que significa, que te llevas mal, pero no lo reconoces porque eres diplomático). Seguro que si le preguntas a un griego, te dice cuatro cosas de los macedonios; un mauritano te hablará largo y tendido de un maliense, o un malayo sabrá explicarte "objetivamente" como es un indonesio. 

A nosotros nos ha tocado Portugal, Francia y Marruecos. Desde hace más de 40 años no nos queman camiones en la frontera francesa, y que yo recuerde, no he vivido nunca ninguna tensión con los compadres portugueses más allá del Bernabeu. Pero, ¡ah amigo! ¿qué pasa con Marruecos?

Lo de Marruecos es un caso aparte. Evidentemente hay una relación complicada, asimétrica y, por lo que parece, mutuamente irritante. Desde el Desastre de Annual, hasta ahora, pasando por la Guerra de Sidi Ifni, la Marcha Verde y el incidente de la Isla de Perejil, lo mejor que se puede decir es que se trata de una relación cuando menos tóxica. 

Esto no va a parar. Habrá más incidentes, más provocaciones y momentos incómodos; aunque no creo que la sangre llegue al río, o al menos, Mr. Biden, el compadre Xi, o el camarada Vladimir no van a permitir que se desestabilice demasiado el asunto, por las imprevisibles repercusiones que podría tener.

Hace poco me indignaba publicamente por la incompetencia del Gobierno Español, pero una vez que el riego volvió a mi cerebro pude contrastar que la actuación de este gobierno no ha sido muy distinta al respecto que la de sus predecesores tanto socialistas como populares; y lo cierto es que, tampoco se puede hacer nada más. 

Lo malo es la gente. La de aquí en Ceuta y Melilla,que sufren el miedo a que pase algo "gordo", pero sobre todo la de allí, que me temo que que ni pueden elegir otra alternativa que la que mandan las Autoridades marroquíes, ni probablemente sabrían hacerlo si pudieran. 


 

miércoles, 24 de marzo de 2021

A lo loco

Muchas veces me siento delante del teclado y pienso que puedo con mis reflexiones escritas. 

Invariablemente, la respuesta es poquita cosa, como diría aquél holandés herrante: "caquita de paloma". 

Dicha conclusión, retrae mis ansias expresivas, que se ven coartadas por la nula trascendencia de mi aportación a la Humanidad. 

Pero hoy he visto la Luz. 

¿Y qué más dá? ¿Y qué si me equivoco? ¿Y qué?

Al fin y al cabo, el proceso de pensar, escribir y, sobre todo, rebatir y criticar las chorradas que escribe "un otro" es lo que hace avanzar a la Humanidad. Por tanto, en mi torpe intento de impulsar el progreso de mis congéneres, me lanzo al barro de la escritura irreflexiva para que vengan los listos e instruidos a corregirme, enmendarme y superarme con sus aportaciones que, esta vez sí, supongan valiosas muestras de inteligencia aplicada a la Evolución. 

Allá voy, a calzón quitao. "Sus vais a cagá". 

De momento, yo lo de endurecer las restricciones, no lo veo. ¿Me apoyo en estudios científicos, en cifras contrastadas y predicciones basadas en modelos estadísticos comparados? Pues, mira, no. 

Me baso en que llevamos ya un año de angustia, de espera, de ansiedad, de asfixia económica y de un sinvivir que no puede ser nada bueno. Llega un momento que, puestos a arriesgar, prefiero arriesgar mi vida a seguir viviendo una vida "segura" encerrándome en casa sine die. No quiero que el día que me comuniquen que al fin soy libre, me encuentren super-feliz contando los puntitos de gotelé de mi habitación, o que me dé por ir por ahí todo el día enmascarado pensando "si, si, este virus ya ha pasado , pero vendrán otro, y a mí, no me pillarán... ¡JA,JA,JA,JA! (risa de personaje de moralidad o estabilidad psíquico-emocional dudosa). 



domingo, 29 de noviembre de 2020

El Régimen del 78

Desde hace varios años es frecuente encontrarse con una corriente de opinión que tiene metido entre ceja y ceja "acabar con el Régimen del 78". 

Identifican con este concepto a unos poderes ocultos en las sombras que son los que dominan y controlan todo. En el mismo saco se mete a la Monarquía, el Poder Judicial y el IBEX 35 y todo ello amparado por la norma que sustenta todo: la Constitución. 

Para ello, arremeten contra todo aquello que, en su imaginario, ayuda a mantener el statu quo actual. Los "constitucionalistas" son tachados de fascistas y se les excluye de cualquier tipo de diálogo. Se habla del "relato de la Historia desde la ultraderecha" ante cualquier exposición de los hechos históricos que contenga un mínimo brillo sobre los logros alcanzados en nuestra historia común. 

Cualquier mención a la unidad de España o su cultura está vista con recelo. 

Es desolador verificar la existencia de un odio tan visceral hacia todo lo que somos y representamos. 

Pero, ¿cual es el objetivo final? ¿donde quiere llegar esta corriente de pensamiento? y sobre todo ¿cual es su idea de España y los españoles?

Quieren una sociedad que renuncie a su pasado. Una sociedad sin historia que nace de la nada, o bien que tenga que pedir perdón por todo lo que ha hecho hasta ahora. Una sociedad humillada que empiece su nueva andadura inmaculada tras haber expiado sus pecados imaginarios. 

Personalmente, aparte de algún cabreo que me llevo de vez en cuando, en función de las barbaridades que leo, oigo o veo por ahí, esta corriente me llena de tristeza. Tristeza porque, tras intentar comprender con toda la paciencia que puedo reunir, no veo ninguna propuesta, ningún plan ni objetivo para el futuro más allá del ansiado derribo del "Regimen del 78", de manera que, si alguna vez se consiguiera, lo que quedaría al día siguiente sería un inmenso y absoluto vacío.   

Como siempre, intento ver el lado positivo de cualquier situación, y en este caso, la buena noticia es que NUNCA lo van a conseguir. Y no, no será por los poderosos en la sombra, ni por el IBEX 35, ni por la injerencia del capitalismo internacional, ni por el Rey, o la Iglesia Católica. Será sencillamente porque para hacerlo han de sentarse, dialogar y llegar a acuerdos con una inmensa parte de la sociedad a la que pretenden ignorar y ningunear. Igual que se hizo para aprobar la Constitución, cuando los que se odiaban, con razones claras y objetivas para ello, se sentaron para alcanzar un acuerdo que nos  permitiera seguir viviendo en paz y prosperidad. 

Hasta que no lo entiendan, no conseguirán más allá de vomitar su odio inútilmente.


lunes, 9 de noviembre de 2020

Extrañas coincidencias

 Ayer estuve trabajando un poco en mi última obsesión sobre la historia de los presidentes de los Estados Unidos. Lento, pero seguro (e inconstante) sigo avanzando por el primer tercio del Siglo XIX. 

Estuve repasando la vida y obras de Martin Van Buren como 8º presidente de USA. Entre los hechos que afectan a su vida política me llamó la atención el Incidente del Amistad, barco negrero de origen español que protagonizó un incidente internacional cuando su "carga" se rebeló frente a las costas de Cuba. 

Fué un día tranquilo, de esos que no tenía hace tiempo, sin tener que ocuparme de hacer un recado, supervisar a un adolescente, u ocuparme de un quehacer doméstico; lo que me permitió que por la tarde tuviera tiempo de ver una película. La elegida fue Serpico, de Sidney Lumet con Al Pacino como actor revelación. 

¿Qué decir de la peli? Bueno, pues es muy setentera, con una gran actuación del protagonista, que hace sombra al mismo Mortadelo con su capacidad para disfrazarse de lo que sea para pasar desapercibido como miembro de la policía secreta de Nueva York. Cuenta la historia de un poli vocacional que no quiere saber nada de sobornos y destapa la podredumbre de la corrupción policial de aquellos tiempos que salpicaba hasta a las más altas instancias. La película está basada en una novela, que a su vez se basa en hechos reales. Es decir, Serpico existió, y dejó una huella notable en el Departamento de Policía de Nueva York. 

Una buena historia basada en hechos reales ejerce un magnetismo al que no puedo dejar de escapar. Aprovechando más tiempo libre, me he puesto a buscar un poco de información sobre la película y el personaje, y ¡oh, magia de San Google!, entre los resultados de la búsqueda salta una noticia de Agosto de este año en la que se menciona la muerte de Allan Rich, que en Serpico interpreta al Fiscal del Distrito que ayuda a destapar el asunto. 

Pues bien, Allan Rich hace de juez en una película de Spielberg sobre el incidente del Amistad ¿qué cosas no? 

sábado, 12 de septiembre de 2020

Cabalgar contradicciones

 Hace unas semanas estaba haciendo un repaso del blog para ver desde cuando había empezado y me sorprendí al ver que había pasado más de una década. Trece años nada menos. 

Curioseando entre mis entradas me topé con este cariñoso comentario:  

El simpático anónimo opinaba sobre un artículo en el que reflexionaba sobre el comunismo. Si, es cierto que era una reflexión simple, o estúpida según se mire, y por ello, me he decidido a recoger el guante lanzado por el anónimo ilustrado, y me he lanzado a leer El Manifiestro Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels. Eso si en la edición con dibujitos, que uno sigue siendo muy limitado. 

He de admitir que me tiene completamente fascinado pese a que no he avanzado mucho en el par de ratos que me he puesto a leer. No es que contenga conceptos muy complicados, ni que el lenguaje me sea desconocido, sino que sencillamente tengo que parar y releer determinados párrafos porque no doy crédito a lo que leo en primera instancia.  

Tan profundo trabajo intelectual me tiene en un estado de abstracción casi permanente, en el que repetidamente me venía este eslogan a la cabeza "cabalgando contradicciones". No sabía donde lo había oído pero era perfecto para describir mis primeras impresiones con la lectura. Afortunadamente, una vez más Google despejó mi duda confirmando que la autoría de la frase es de Pablo Iglesias, el genio actual de la mercadotecnia política. 

Una reflexión llevó a otra e inevitablemente acabé llegando a la Iglesia Católica como la pionera absoluta y original en eso de "cabalgar contradicciones": la Santísima Trinidad, la Inmaculada Concepción de María, o la transustanciación del pan y el vino son ejemplos que no tienen parangón en la Historia de la Humanidad. 

Discusiones interminables en Concilios que acabaron con el establecimiento de dogmas incuestionables, o que en caso de cuestionar, dejaban al reticente fuera del abrigo de la Iglesia y en ocasiones, en lo alto de una pira sirviendo de escarmiento a quienes pudieran dudar de la infalibilidad eclesial.   

En definitiva, mi conclusión preliminar es que, en esto de establecer dogmas para evitar debates estériles y peligrosos, el Comunismo y el Catolicismo son primos hermanos.  

sábado, 29 de agosto de 2020

Oir música

Cuando se habla de audición consciente se suele emplear el verbo escuchar. Sin embargo, casi nadie dice que está escuchando música sino oyendo música. 

No sé si esta convención popular se debe a una de esas pequeñas revoluciones incruentas que el pueblo soberano perpetra con respecto a las recomendaciones de la RAE, pero en todo caso, en lo que a mi respecta, en esta ocasión y sin que sirva de precedente, la ignorancia de dicho mandato, en caso de existir, me parece muy acertada. 

Digo esto, no por tocar las narices a tan respetable institución, sino porque sinceramente lo creo. En mi caso, y creo que en el de la mayoría de la gente, muchas veces pongo música de fondo como quién enciende una chimenea en un día de frío: para que me caliente, me anime, me acompañe, para que esté ahí mientras leo, dibujo, escribo, cocino, o miro por la ventana. De hecho, lo que más me gusta de su compañía es la posibilidad de disfrutar de ella sin tener que prestarle demasiada atención. No es exigente, no es necesario pensar en ella ni analizarla ni nada que requiera ni una pizca de consciencia. Y eso me parece que, como las mejores cosas que conozco, no tiene precio.

Me da igual lo que diga la letra, me da igual la intención del autor o del interprete, me da igual el virtuosismo o la originalidad de la pieza, simplemente la oigo y disfruto. Así de simple. 

Eso no quiere decir que, en ocasiones, como ocurre con todo el arte que me conmueve, no intente saber más sobre todo eso: letra, autor, intención, cómo lo hizo, por qué lo hizo y, ya el culmen, cómo podría hacerlo yo. 

A mi juicio, es una ventaja sobre el resto de las artes: aunque me encante la literatura, o la danza, o la pintura, o la escultura, de ninguna de ellas se puede disfrutar de manera tan inconsciente como con la música.    

sábado, 22 de agosto de 2020

El balcon en invierno - Luis Landero

 Me lo recomendó alguien, no recuerdo bien quién. Lo tenía en el Kindle desde hacía tiempo y no me animaba a leerlo tras consultar en algún sitio la reseña de Google: 

"Asomado al balcón, debatiéndose entre la vida que bulle en la calle y la novela que ha empezado a escribir pero que no le satisface, el escritor se ve asaltado por el recuerdo de una conversación que tuvo lugar cincuenta años antes, en otro balcón, con su madre. "

He de reconocer que el hecho que me empujó a leerlo es bastante prosaico: era "finito". No recuerdo qué había leído antes que me dejó un poco reticente a abordar un tocho, y me decanté por éste por su tamaño. Así de simple y estúpido. 

Después de leerlo, y reconocer a un gran escritor, he de decir que es una de esas obras de escritores que me dan un poco de alipori (¡Señor, qué palabra tan odiosa!): Un escritor hablando de sus cosas, de sus intimidades, de sus orígenes humildes y sus debilidades. No puedo evitar sentirme incómodo al leer este tipo de obras. Supongo que, por una parte siento estar invadiendo el espacio privado de alguien, y de alguna forma, veo mi privacidad comprometida en la medida en que, en demasiadas ocasiones, me veo reflejado en lo escrito. 

Estos son algunos de los pasajes que más me han hecho pensar: 

"También allí, en el fútbol, mi papel era de lo más confuso, y ese ha sido siempre el signo de mi vida, la ambigüedad, el desarraigo, el merodeo, la vaguedad de los contornos, la indefinición de las tareas". 

No es algo en lo que me vea identificado generalmente, pero si es cierto que a ratos, nos pasa a todos.  

"Ayer fue un día que se quedó casi sin vivir. Ya al despertarme, antes incluso de abrir los ojos, me di cuenta de que no tenía voluntad ni ganas de hacer nada, ni de leer, ni de escribir, ni de salir a pasear, ni de curiosear en Internet o ver un rato la televisión". 

Lo de levantarme desganado, no es algo que vaya conmigo. Al igual que ocurría con Bartleby el escribiente, yo me identifico con el personaje que se despierta con una energía plena que se va diluyendo a lo largo del día. Mi desgana es claramente vespertina, pero rara vez me la puedo permitir: privilegios de clase.   

"También en la vida real la memoria funciona así, con pasajes subrayados y notas marginales, con detalles cargados de sugerencia, a veces convertidos en símbolos. Hay épocas de nuestra vida de las que apenas recordamos nada. Años que, por intrascendentes y rutinarios, que son casi todos, la memoria ha ido abandonando hasta entregarlos al más atroz de los olvidos. "

Es una obviedad, pero el hecho de leerlo y darme cuenta del agujero negro en que se ha convertido ciertos períodos de mi vida, me asombra. Entiendo que es así para la inmensa mayoría, pero no es consuelo.   

"Esa palabra, corresponder, la tengo marcada a fuego desde niño. Si te hacían un favor, un regalo, una invitación, había que corresponder. Si no eras capaz de corresponder, se agradecían muchos los ofrecimientos pero no se aceptaban, no podían aceptarse."

Recuerdo cuando era un niño que, lógicamente, me encantaban los regalos. En Reyes o por mi cumpleaños, los regalos me hacían una ilusión tremenda. Por eso, cuando oía a alguien que "no podía aceptar un regalo" me sonaba a algo extra-terrestre. Sin embargo, la definición que hace el autor es perfecta para explicar esta conducta tan extravagante. 

"Pero yo lo que quería de verdad era amaestrar pájaros, hablar a voces, reírme y beber vino, y de vez en cuando trabajar un poquito". 

¡Qué jodío... y yo!. Bueno, lo de los pájaros, no, pero al resto me apunto.