domingo, 29 de noviembre de 2020

El Régimen del 78

Desde hace varios años es frecuente encontrarse con una corriente de opinión que tiene metido entre ceja y ceja "acabar con el Régimen del 78". 

Identifican con este concepto a unos poderes ocultos en las sombras que son los que dominan y controlan todo. En el mismo saco se mete a la Monarquía, el Poder Judicial y el IBEX 35 y todo ello amparado por la norma que sustenta todo: la Constitución. 

Para ello, arremeten contra todo aquello que, en su imaginario, ayuda a mantener el statu quo actual. Los "constitucionalistas" son tachados de fascistas y se les excluye de cualquier tipo de diálogo. Se habla del "relato de la Historia desde la ultraderecha" ante cualquier exposición de los hechos históricos que contenga un mínimo brillo sobre los logros alcanzados en nuestra historia común. 

Cualquier mención a la unidad de España o su cultura está vista con recelo. 

Es desolador verificar la existencia de un odio tan visceral hacia todo lo que somos y representamos. 

Pero, ¿cual es el objetivo final? ¿donde quiere llegar esta corriente de pensamiento? y sobre todo ¿cual es su idea de España y los españoles?

Quieren una sociedad que renuncie a su pasado. Una sociedad sin historia que nace de la nada, o bien que tenga que pedir perdón por todo lo que ha hecho hasta ahora. Una sociedad humillada que empiece su nueva andadura inmaculada tras haber expiado sus pecados imaginarios. 

Personalmente, aparte de algún cabreo que me llevo de vez en cuando, en función de las barbaridades que leo, oigo o veo por ahí, esta corriente me llena de tristeza. Tristeza porque, tras intentar comprender con toda la paciencia que puedo reunir, no veo ninguna propuesta, ningún plan ni objetivo para el futuro más allá del ansiado derribo del "Regimen del 78", de manera que, si alguna vez se consiguiera, lo que quedaría al día siguiente sería un inmenso y absoluto vacío.   

Como siempre, intento ver el lado positivo de cualquier situación, y en este caso, la buena noticia es que NUNCA lo van a conseguir. Y no, no será por los poderosos en la sombra, ni por el IBEX 35, ni por la injerencia del capitalismo internacional, ni por el Rey, o la Iglesia Católica. Será sencillamente porque para hacerlo han de sentarse, dialogar y llegar a acuerdos con una inmensa parte de la sociedad a la que pretenden ignorar y ningunear. Igual que se hizo para aprobar la Constitución, cuando los que se odiaban, con razones claras y objetivas para ello, se sentaron para alcanzar un acuerdo que nos  permitiera seguir viviendo en paz y prosperidad. 

Hasta que no lo entiendan, no conseguirán más allá de vomitar su odio inútilmente.


lunes, 9 de noviembre de 2020

Extrañas coincidencias

 Ayer estuve trabajando un poco en mi última obsesión sobre la historia de los presidentes de los Estados Unidos. Lento, pero seguro (e inconstante) sigo avanzando por el primer tercio del Siglo XIX. 

Estuve repasando la vida y obras de Martin Van Buren como 8º presidente de USA. Entre los hechos que afectan a su vida política me llamó la atención el Incidente del Amistad, barco negrero de origen español que protagonizó un incidente internacional cuando su "carga" se rebeló frente a las costas de Cuba. 

Fué un día tranquilo, de esos que no tenía hace tiempo, sin tener que ocuparme de hacer un recado, supervisar a un adolescente, u ocuparme de un quehacer doméstico; lo que me permitió que por la tarde tuviera tiempo de ver una película. La elegida fue Serpico, de Sidney Lumet con Al Pacino como actor revelación. 

¿Qué decir de la peli? Bueno, pues es muy setentera, con una gran actuación del protagonista, que hace sombra al mismo Mortadelo con su capacidad para disfrazarse de lo que sea para pasar desapercibido como miembro de la policía secreta de Nueva York. Cuenta la historia de un poli vocacional que no quiere saber nada de sobornos y destapa la podredumbre de la corrupción policial de aquellos tiempos que salpicaba hasta a las más altas instancias. La película está basada en una novela, que a su vez se basa en hechos reales. Es decir, Serpico existió, y dejó una huella notable en el Departamento de Policía de Nueva York. 

Una buena historia basada en hechos reales ejerce un magnetismo al que no puedo dejar de escapar. Aprovechando más tiempo libre, me he puesto a buscar un poco de información sobre la película y el personaje, y ¡oh, magia de San Google!, entre los resultados de la búsqueda salta una noticia de Agosto de este año en la que se menciona la muerte de Allan Rich, que en Serpico interpreta al Fiscal del Distrito que ayuda a destapar el asunto. 

Pues bien, Allan Rich hace de juez en una película de Spielberg sobre el incidente del Amistad ¿qué cosas no? 

sábado, 12 de septiembre de 2020

Cabalgar contradicciones

 Hace unas semanas estaba haciendo un repaso del blog para ver desde cuando había empezado y me sorprendí al ver que había pasado más de una década. Trece años nada menos. 

Curioseando entre mis entradas me topé con este cariñoso comentario:  

El simpático anónimo opinaba sobre un artículo en el que reflexionaba sobre el comunismo. Si, es cierto que era una reflexión simple, o estúpida según se mire, y por ello, me he decidido a recoger el guante lanzado por el anónimo ilustrado, y me he lanzado a leer El Manifiestro Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels. Eso si en la edición con dibujitos, que uno sigue siendo muy limitado. 

He de admitir que me tiene completamente fascinado pese a que no he avanzado mucho en el par de ratos que me he puesto a leer. No es que contenga conceptos muy complicados, ni que el lenguaje me sea desconocido, sino que sencillamente tengo que parar y releer determinados párrafos porque no doy crédito a lo que leo en primera instancia.  

Tan profundo trabajo intelectual me tiene en un estado de abstracción casi permanente, en el que repetidamente me venía este eslogan a la cabeza "cabalgando contradicciones". No sabía donde lo había oído pero era perfecto para describir mis primeras impresiones con la lectura. Afortunadamente, una vez más Google despejó mi duda confirmando que la autoría de la frase es de Pablo Iglesias, el genio actual de la mercadotecnia política. 

Una reflexión llevó a otra e inevitablemente acabé llegando a la Iglesia Católica como la pionera absoluta y original en eso de "cabalgar contradicciones": la Santísima Trinidad, la Inmaculada Concepción de María, o la transustanciación del pan y el vino son ejemplos que no tienen parangón en la Historia de la Humanidad. 

Discusiones interminables en Concilios que acabaron con el establecimiento de dogmas incuestionables, o que en caso de cuestionar, dejaban al reticente fuera del abrigo de la Iglesia y en ocasiones, en lo alto de una pira sirviendo de escarmiento a quienes pudieran dudar de la infalibilidad eclesial.   

En definitiva, mi conclusión preliminar es que, en esto de establecer dogmas para evitar debates estériles y peligrosos, el Comunismo y el Catolicismo son primos hermanos.  

sábado, 29 de agosto de 2020

Oir música

Cuando se habla de audición consciente se suele emplear el verbo escuchar. Sin embargo, casi nadie dice que está escuchando música sino oyendo música. 

No sé si esta convención popular se debe a una de esas pequeñas revoluciones incruentas que el pueblo soberano perpetra con respecto a las recomendaciones de la RAE, pero en todo caso, en lo que a mi respecta, en esta ocasión y sin que sirva de precedente, la ignorancia de dicho mandato, en caso de existir, me parece muy acertada. 

Digo esto, no por tocar las narices a tan respetable institución, sino porque sinceramente lo creo. En mi caso, y creo que en el de la mayoría de la gente, muchas veces pongo música de fondo como quién enciende una chimenea en un día de frío: para que me caliente, me anime, me acompañe, para que esté ahí mientras leo, dibujo, escribo, cocino, o miro por la ventana. De hecho, lo que más me gusta de su compañía es la posibilidad de disfrutar de ella sin tener que prestarle demasiada atención. No es exigente, no es necesario pensar en ella ni analizarla ni nada que requiera ni una pizca de consciencia. Y eso me parece que, como las mejores cosas que conozco, no tiene precio.

Me da igual lo que diga la letra, me da igual la intención del autor o del interprete, me da igual el virtuosismo o la originalidad de la pieza, simplemente la oigo y disfruto. Así de simple. 

Eso no quiere decir que, en ocasiones, como ocurre con todo el arte que me conmueve, no intente saber más sobre todo eso: letra, autor, intención, cómo lo hizo, por qué lo hizo y, ya el culmen, cómo podría hacerlo yo. 

A mi juicio, es una ventaja sobre el resto de las artes: aunque me encante la literatura, o la danza, o la pintura, o la escultura, de ninguna de ellas se puede disfrutar de manera tan inconsciente como con la música.    

sábado, 22 de agosto de 2020

El balcon en invierno - Luis Landero

 Me lo recomendó alguien, no recuerdo bien quién. Lo tenía en el Kindle desde hacía tiempo y no me animaba a leerlo tras consultar en algún sitio la reseña de Google: 

"Asomado al balcón, debatiéndose entre la vida que bulle en la calle y la novela que ha empezado a escribir pero que no le satisface, el escritor se ve asaltado por el recuerdo de una conversación que tuvo lugar cincuenta años antes, en otro balcón, con su madre. "

He de reconocer que el hecho que me empujó a leerlo es bastante prosaico: era "finito". No recuerdo qué había leído antes que me dejó un poco reticente a abordar un tocho, y me decanté por éste por su tamaño. Así de simple y estúpido. 

Después de leerlo, y reconocer a un gran escritor, he de decir que es una de esas obras de escritores que me dan un poco de alipori (¡Señor, qué palabra tan odiosa!): Un escritor hablando de sus cosas, de sus intimidades, de sus orígenes humildes y sus debilidades. No puedo evitar sentirme incómodo al leer este tipo de obras. Supongo que, por una parte siento estar invadiendo el espacio privado de alguien, y de alguna forma, veo mi privacidad comprometida en la medida en que, en demasiadas ocasiones, me veo reflejado en lo escrito. 

Estos son algunos de los pasajes que más me han hecho pensar: 

"También allí, en el fútbol, mi papel era de lo más confuso, y ese ha sido siempre el signo de mi vida, la ambigüedad, el desarraigo, el merodeo, la vaguedad de los contornos, la indefinición de las tareas". 

No es algo en lo que me vea identificado generalmente, pero si es cierto que a ratos, nos pasa a todos.  

"Ayer fue un día que se quedó casi sin vivir. Ya al despertarme, antes incluso de abrir los ojos, me di cuenta de que no tenía voluntad ni ganas de hacer nada, ni de leer, ni de escribir, ni de salir a pasear, ni de curiosear en Internet o ver un rato la televisión". 

Lo de levantarme desganado, no es algo que vaya conmigo. Al igual que ocurría con Bartleby el escribiente, yo me identifico con el personaje que se despierta con una energía plena que se va diluyendo a lo largo del día. Mi desgana es claramente vespertina, pero rara vez me la puedo permitir: privilegios de clase.   

"También en la vida real la memoria funciona así, con pasajes subrayados y notas marginales, con detalles cargados de sugerencia, a veces convertidos en símbolos. Hay épocas de nuestra vida de las que apenas recordamos nada. Años que, por intrascendentes y rutinarios, que son casi todos, la memoria ha ido abandonando hasta entregarlos al más atroz de los olvidos. "

Es una obviedad, pero el hecho de leerlo y darme cuenta del agujero negro en que se ha convertido ciertos períodos de mi vida, me asombra. Entiendo que es así para la inmensa mayoría, pero no es consuelo.   

"Esa palabra, corresponder, la tengo marcada a fuego desde niño. Si te hacían un favor, un regalo, una invitación, había que corresponder. Si no eras capaz de corresponder, se agradecían muchos los ofrecimientos pero no se aceptaban, no podían aceptarse."

Recuerdo cuando era un niño que, lógicamente, me encantaban los regalos. En Reyes o por mi cumpleaños, los regalos me hacían una ilusión tremenda. Por eso, cuando oía a alguien que "no podía aceptar un regalo" me sonaba a algo extra-terrestre. Sin embargo, la definición que hace el autor es perfecta para explicar esta conducta tan extravagante. 

"Pero yo lo que quería de verdad era amaestrar pájaros, hablar a voces, reírme y beber vino, y de vez en cuando trabajar un poquito". 

¡Qué jodío... y yo!. Bueno, lo de los pájaros, no, pero al resto me apunto. 

sábado, 25 de julio de 2020

La primera vez que oí a los Rolling

Fue tarde, muy tarde. Concretamente en el verano de 1992. Siempre he ido a mi ritmo, y mi ritmo siempre ha sido lento. Ese es un tema del que tengo que hablar también. Sobre lo lento y la manía de hacer todo de manera rápida, y la frustración que genera. Pero esa es otra cuestión que será tratada en otro momento.
Estaba en aquel verano del 92. Hacía calor, como todos los veranos de Madrid desde que tengo uso de razón. Entonces tenía 20 años y carnet de conducir recién estrenado, lo que, a su vez, me proporcionó un trabajo de verano, y consecuentemente, algo de efectivo que gastar en contra de mi persistente falta de liquidez.
Trabajaba para una agencia de viajes en la calle Desengaño, cobraba semanalmente, y al salir con dinero en los bolsillos, las tiendas de discos de segunda mano de la calle de la Luna me estaban esperando.
Sorteaba todo lo cortesmente que podía las invitaciones de las profesionales del amor que estaban por la zona y acudía a aquellos garitos extraños, llenos de discos y fotos de películas míticas. Entonces comenzaba una búsqueda que fue tremendamente fructífera. Arramblé con discos de los Kinks, de los primeros de Status Quo, de Flamin Groovies, y aquél disco de los Rolling que quizá lo cambió todo.
Evidentemente, no me refiero a la historia de la música, sino a una transformación que ocurrió en mi forma de ver mi entorno y considerarme.
Les había oído antes, pero no me convencían. Sin embargo decidí persistir con la idea de que, si a tanta gente le gustaban, algo tenían que tener. Mi conocimiento no pasaba de sus típicas canciones que tanto ponían en la radio cuando sacaban un disco nuevo. Entonces sonó aquel Time is on my side, o Play with fire y todo cambió. En ese instante tuve la percepción de que abandonaba definitivamente la adolescencia (un poco tarde, lo admito) y empezaba otra etapa desconocida e interesante.
Lo curioso es que, a pesar de todo, ni aún así los Rolling se convirtieron en una "vaca sagrada" para mi. Cosas raras mías. 

domingo, 21 de junio de 2020

Leed malditos!

Una de las cosas a las que te obliga la paternidad es a convertirte en un coñazo de la repetición.

- Recoge tu habitación.
- Apaga la Play y acuéstate ya.
- Acaba lo que tienes en el plato.
- Estudia
- Organízate mejor, no dejes todo para última hora.
- Lávate los dientes.
- Haz la cama.
- Apaga las luces que no uses.
- No malgastes tanta agua.
- Baja la música.

Estas frases que tanto me fastidiaba oir en mi turbia adolescencia, son las que ahora entono con mayor frecuencia, y he de admitir que, pese a que sé con seguridad que son absolutamente necesarias, también son extremadamente aburridas.
Además, el momento en que te ves obligado a pronunciarlas no es el mejor desde un punto de vista emocional. Has esperado a que el destinatario actúe por su cuenta. Que se obre el milagro y lo haga por las buenas sería algo que haría brotar una beatífica sonrisa y te moviera a pensar que "aún hay esperanza". Pero no. Los minutos pasan. Las horas también, y podrían pasar los días, meses y años dejando en el suelo esos calcetines sudados, esos ejercicios de Matemáticas a medias, o ese par de cucharadas de lentejas en el plato.
Y entonces lo dices, lo gritas, lo exijes, y se acabó la paz y el buenrollismo que ellos finiquitan recordándote lo pesado que eres, y yo sentencio diciendo que, efectivamente, esa es mi obligación, ser pesado para que ellos dejen de ser desastres con patas.
A veces me fallan las fuerzas y la convicción y no cumplo con mi deber porque ser pesado es una carga muy dura. Uno también tiene sus debilidades. Bastantes, de hecho.

Pero hay una de esas cosas que repito todos los días de la que no me canso: Leed, malditos, leed. Porque no es aburrido en absoluto, sino todo lo contrario. Vas a descubrir cosas flipantes. Hechos que te dejarán con la boca abierta, como que los romanos tenían hasta un dios para las flatulencias (Crepitus), o que no fue David Niven quién acabó con la revuelta de los boxers, sino el embajador español en China D. Bernardo de Cologan (que en la película solo se le muestra abanicándose  desmayadamente), o que los Estados Unidos han tenido presidentes más controvertidos que Trump en el siglo XIX.

Vas a desarrollar tu forma de pensar, e incluso, si eres realmente fuerte mentalmente, serás capaz de leer algo con lo que no estás de acuerdo sin tener la posibilidad de rebatirlo. Quizá hasta seas capaz de entenderlo, razonarlo, rebatirlo y, en el culmen de la realización intelectual, hasta escribir algo mejor que exponga tu opinión y que, de paso, haga reflexionar a otros que no piensan como tú.

Eso, eso, ya sería la leche y me haría feliz. Por eso, no me voy a cansar de repetirlo.