domingo, 19 de marzo de 2023

Por fin voy un concierto 25 años después. Fito y Fitipaldis en el Circo Price

En mi enésima crisis existencial he decidido dejar de aprehender conocimiento e intentar tener experiencias sin la guía de tantas mentes más brillantes que la mía. He decidido algo que ya he decidido en otras épocas de mi vida: ir como Lola Flores a lo loco. 

Durante los últimos 10 ó 15 años he estado oyendo podcasts sobre Historia, Actualidad, Economía, Política y no sé qué otras materias sobre las que estaba convencido que debía investigar para llegar a una especie de Everest del conocimiento total. El resultado no ha sido el esperado, aunque tampoco soy consciente de qué es lo que esperaba en realidad. Desde luego no ha sido tiempo perdido. Como decía no se quién, "no me arrepiento de nada", pero lo cierto es que me niego a seguir por un camino que desconozco a que lugar me lleva y, lo más importante, no creo que quiera llegar a ningún lugar en concreto.  

En todo caso, ha sido muy interesante. Confuso, por el final de la etapa y la ausencia de conclusiones, pero interesante. Durante este tiempo, una de mis jocosas reflexiones personales consistía en situarme personalmente en las antípodas de la figura del influencer en tanto que, después de que tan ingente cantidad de información ha influido en mi forma de pensar de manera muy diversa y, en ocasiones, contradictoria, sería incapaz de hilar un discurso mínimamente coherente sobre cualquier tema a pesar de lo mucho aprendido. Me he convertido en un influenced en toda regla.  

Pero bueno, vamos al turrón, a ver si consigo explicar cómo mi experiencia rockera del pasado jueves, unido a la entrevista a Elvis Costello me hacen desembocar en estas conclusiones tan prescindibles. 

Efectivamente, el pasado jueves, a mis 51 años y medio, pagué un puñado de dólares por ver a una banda de rock tocar en directo. Pero, empecemos por el principio: cuando era joven y profundamente insolvente llegué a la determinación de que, a pesar de mi obsesiva obsesión musical, no merecía la pena ir a conciertos sencillamente porque era un timo. El sonido era una mierda, la peña insoportable, el precio desorbitado, y el repertorio no siempre de mi agrado. Y así, con un par de narices, así a los veintialgo, me puse el cinturón de castidad rockero para siempre.

Afortunadamente, la vida da muchas vueltas y nos suele colocar a cada uno en su sitio. O al menos lo intenta. En mi caso me situó el pasado jueves en el Circo Price para ver a Fito y Fitipaldis, una banda que, por otra parte, aunque reconozco sus indudables méritos, no ha acabado de ser uno de mis referentes musicales. Sea como sea, allí estaba yo no se cuantos años después en un concierto. 

Y fué raro. Lo primero, la peña: si había algún jovenzuelo, pero la gran masa eramos canos, alopécicos y barrigudos ellos, y ellas, bueno, ellas como siempre, divinas mayoritariamente (nótese el heteropatriarcal propio de la edad). Estar sentado. Hay que reconocer que es cómodo, máxime teniendo en cuenta las discopatías y artrosis de la mayoría del público, pero es tremendamente extraño comparado con mis experiencias de hace dos décadas. Bailar sentado tiene su arte, no te creas, y en ciertos casos como el mío, incluso sus ventajas al ocultar la torpeza que se manifiesta cuando, en un momento de emoción hace que saltes de tu asiento para menear el culo brevemente. Otra cosa que se hizo extraña para bien fue el sonido que, unido a los pedazo de músicos que estaban sobre el escenario, hizo del concierto una experiencia muy disfrutable. En cuanto al repertorio, obviamente y debido a mi moderado entusiasmo por la banda, conmigo sólo conectaron con las típicas (mea culpa, "haber estudiao"), aunque, como digo el resto del repertorio fue muy disfrutable por la pericia de la banda. Pero para mi sorpresa, el resto de la peña estaba como yo. Si es cierto que es algo que suele pasar, pero teniendo en cuenta que yo estaba allí un poco de rebote, pensaba que el resto, que estarían por afición, estarían mucho más a tope con la banda. Pero no. Entregados-entregados había poquitos, y a saber cuales de ellos eran auténticos y cuales eran impostados de los que acaban el verso cuando Fito decía "...cooorazón" y ellos se enganchaban en el "...azón". En todo caso, al acabar el concierto pude comprobar que casi unánimemente el Respetable había vivido algo memorable según los comentarios que se oían aquí y allá al salir del lugar. Al fin y al cabo, ¿quién soy yo para negarlo? y sobre todo ¿para qué demonios voy a hacerlo?

En definitiva, si hace tantos años llegué a una conclusión errónea, no veo ningún inconveniente en cambiar de opinión, porque, como dice Elvis (Costello) "el rock and roll nació de una alquimia accidental antes que de ninguna vocación revolucionaria... y con el negocio vino la rigidez de miras, la beatería, una ausencia de imaginación digna de la Iglesia católica". Todo ello, añado yo, por culpa de los gafa-pasta que pontifican lo que sí y lo que no está bien, y así me va. Seamos flexibles y disfrutemos, que de eso se trata. Sin más. 

jueves, 19 de enero de 2023

El solterín VI

 Una mañana más en la oficina. Para el resto, que como siempre comentaban lo enganchados que estaban a ésta o aquella serie, o la última trastada de su Alvarito en el cole, o el peso que había perdido Julio, el de Control de Gestión, desde que se había separado de su mujer. 

Pero nada era igual para mí. Ya no vería ninguna serie nueva que me propusiera mi  mujer, ni me enteraría de las monerías de mis hijos y, los comentarios sobre mi potencial pérdida de peso, a partir de ahora comenzaba a preocuparme. 

Aquello fue el tránsito del estado de estupor inicial a la desolación absoluta por la pérdida de cosas que no había apreciado hasta el momento. Tal era mi estado que, no sólo mi productividad aquella mañana se vió seriamente afectada, sino que, dentro de lo que poco que hice, los cuezos fueron tantos y tan disparatados que pronto traerían consecuencias infelices para su autor. Por fortuna, aquel día, antes de apagar el ordenador al terminar la jornada, una débil luz se encendió en mi cerebro para darme cuenta de alguno de los errores cometidos. Fue entonces cuando, en contra de mis principios más arraigados, me ví forzado a alargar mi jornada laboral más allá de sus limites contractuales. Estuve valorando dejarlo para el día siguiente cuando, quizá, mi estado de ánimo se habría recuperado parcialmente, pero mi esmirriada profesionalidad pudo por una vez más que mi oronda pereza, y decidí que hoy, como fuera tenía que remitir la documentación del Expediente Ferreras a la Administración si no quería verme también fuera del mercado laboral. 

- ¡Joé qué tarde llegas! ¿Estás haciendo méritos para ganar más como recién divorciadito?

De esta guisa me recibió Luisito. Nunca fue un tío con mucho tacto ni empatía. Valoré mandarle a la mierda, pero no era plan estando en su casa, de modo que, una vez más ante un mar de emociones y respuestas a las mismas, me dejé llevar y el llanto empezó a brotar de manera tan sorprendente como liberadora. 

El más sorprendido fue Luisito que, ahora sí, quedó hondamente preocupado por un espectáculo tan desconcertante. 


domingo, 6 de noviembre de 2022

Soplar y sorber en la Transición Ecológica

En mi insistente búsqueda del martirio personal, me he puesto a ojear la prensa patria esta mañana, pero tras revisar ABC, El País y Público, mis fuerzas no han dado para más. Tengo poco aguante. Quizá cada vez menos. 

Bueno, al lío, me ha llamado la atención la atención que dedica el diario Público a la cuestión ecologista - climático - energética con varios artículos dedicados al asunto.

Se hacen eco los publicanos de la última Cubre del Clima. Se celebra en un país tan comprometido con la democracia como Egipto, donde todo es paz, armonía y libertad de expresión. Que digo yo, que habrán elegido el lugar para cumplir con algún tipo de cuota de esas que se imponen ahora. Según parece los países que más sufren el cambio climático van a pedir rendición de cuentas para compensar sus problemas climáticos. No especifican a quién, y aunque España está teóricamente entre las zonas más afectadas, seguro que nos toca estar otra vez entre los paganinis

Luego hablan de lo fantástico que es el coche con pila de hidrógeno. No sé pero a mí me han convencido. A pesar de que es una inversión para la que hay que rascase el bolsillo, parece que es la panacea de la movilidad sostenible. Lastima que al entrar un poco más a fondo en el artículo parece que no voy a poder subirme al carro, porque ya no sólo es la pasta que cuesta el juguete (entre 70 y 76.000 €), sino que también conlleva mudarse a una de las tres provincias españolas que cuentan con estación pública de suministro de Hidrógeno verde (Ciudad Real, Albacete y Huesca). Mucho cambio e inversión va a ser para mis posibilidades. 

También se preguntan por qué no despegan las energías renovables y analizan una serie de factores que dificultan su expansión y la inversión, aunque no está del todo claro teniendo en cuenta que todo son ventajas y lo importante que es el asunto para reducir las emisiones y la dependencia de terceros países. Claro que si seguimos leyendo más artículos del comprometido diario, quizá podamos encontrar alguna respuesta al anterior interrogante en la oposición de los ecologistas gallegos a la instalación de un mega-parque Eólico en una zona protegida de Ourense. Oye, que sus razones tienen, pero que vamos, ayudar no ayudan a la transición verde esa que con tanta ansia esperamos. Es muy gracioso como exponen sus motivos: 

- "cerca del 40% de su superficie ocuparía humedales catalogados", es decir, no es que ocupen el 40% del humedal catalogado, sino que, de la superficie de la propia instalación, el 40% ocuparía un humedal catalogado, aunque no informan de qué impacto tiene esta okupación (esta es mala) sobre dicho humedal más allá de la superficie del mismo (escasa) que ocuparía. 

- "alerta del impacto visual de los megamolinos, que afectarían a entre el 96% y el 99% del Área de Especial Interés Paisajístico". Debe ser muy traumático (para alguien extremadamente sensible, entro los que no me encuentro) ver los megamolinos (adviértase que cuando se habla de ecología, si una palabra lleva mega o giga delante, es mal). Lo que no entiendo es por qué no dicen el 100% porque si se instalan los va a ver toda la peña dotada de apéndices visuales. 

En fín Pilarín, que como siempre, sí, pero no. 


domingo, 30 de octubre de 2022

La neutralidad de Twitter

Me hace gracia la importancia que se da al hecho de que Elon Musk haya comprado Twitter. 

Como compra impresionante, lo es. Aunque sólo sea por la pasta que implica. 

Yo soy un usuario, relativamente antiguo, pero poco entregado a la causa de la evangelización tuitera.  Y al mismo tiempo, observo como la mayoría de las polémicas que tanto nos apasionan tienen un mínimo impacto en la vida real. Mi madre, mi suegro, mi mujer, mis hermanos, casi todos mis sobrinos y el 50% de mis hijos ignoran la existencia de la red del pajarito con una facilidad pasmosa. 

La cuestión es que, a todos los que estamos enganchados, nos parece lo máximo, pero lo cierto es que cuando "arden las redes", no desprenden ningún calor en la calle que impida que la vida continúe con su terca mansedumbre inexorable. 

A mi me gusta, sobre todo, porque me permite debatir en ocasiones con gente muy distinta a mi modo de pensar, pero creo entiendo que hay muchos usuarios para los que es su sagrada trinchera en la que defienden los más altos e irrenunciables principios. 

En este sentido, anda parte de la "derecha" tuitera celebrando la compra porque "se va a acabar la censura", "le van a devolver la cuenta a Trump", y sobre todo porque básicamente "se ha ganado una batalla contra la izquierda mainstream que dominaba al pajarito" y sobre todo "se va a recuperar la neutralidad de Twitter". 

Bueno, puede que haya alguna pequeña realidad matizable de todas estas afirmaciones, pero lo que de verdad importa, es que todo esto esto, sobre todo lo de la neutralidad, es algo que dependerá de la voluntad de un señor que será tan neutral como les salga de las narices y que, si se cansa del juguete, lo venderá al mejor postor o lo dejará morir sin despeinarse. 

domingo, 11 de septiembre de 2022

El solterín (V)

No es que sintiera envidia sobre cómo se lo había montado Luis, pero sí es cierto que, haciendo examen de conciencia, de todos los miembros de la banda, una vez tamizados por el tiempo, el que parecía más auténticamente feliz era Luis. Y no me refiero a una felicidad de anuncio de Compañía de Seguros, sino a un estado cercano a la paz consigo mismo, que viene a ser lo más parecido que se puede considerar a la Felicidad. 

Porque, el que más y el que menos, tenía sus problemillas. El que no estaba entrampado hasta las cejas en una huida continua hacia adelante, tenía una vida familiar cuando menos tormentosa, o le daba al alpiste más de lo recomendable, o peor aún, era un lamentable adolescente cuarentón ignorante de su patetismo, o todo junto sin orden ni concierto.

Sin embargo, Luis, con sus cosas, sus cositas, parecía completamente ajeno a todos aquellos problemas. 

En todas estas reflexiones debí quedarme dormido en algún momento cercano, cuando alguien me agitó suavemente: 

- Oye, que yo me voy a ir al curro, y supongo que tú deberías hacer lo mismo ¿no?

Así, con su sonrisa beatifica y un poco de sorna, pero ninguna piedad, me despertó Luisito a la mañana siguiente. Entre mi aturdimiento valoré la cobertura legal que tendría el abandono forzoso del domicilio familiar como excusa para ausentarme del trabajo, pero no encontré precedentes favorables, así que decidí incorporarme del sofá, darme una ducha y disponerme para ir al trabajo.   

lunes, 15 de agosto de 2022

Impresiones griegas


La gente dice que doy la apariencia de ser muy tranquilo, aunque aseguro que no es oro todo lo que reluce. Una de las muchas causas que me inquieta es viajar, sobre todo en vacaciones. Cada vez que viajo, me pongo nervioso. No puedo evitarlo, es algo superior a mi razón. 

Para añadir inquietud a mi atribulado espíritu, elegimos como destino de vacaciones familiar un país con una lengua absolutamente desconocida, a más de tres horas y medio de vuelo de casa, con 4 cambios de alojamiento en 12 días, alquiler de coche y ferry. 

Para mi sosiego, tras un vuelo nocturno en el que, por supuesto, no pegué ojo, llegué a una ciudad que no me resultó extraña. Al fin y al cabo, los aeropuertos y alrededores son similares en todas partes, pero no sólo eso. El callejeo del taxi que nos llevó al apartamento de Atenas también mostraba una fisonomía de ciudad parecida a la de cualquier capital de provincia española. Evidentemente, esta impresión era una mera y simple primera vista. Luego, cuando bajas al terreno, empiezas a notar las diferencias. Para empezar, aquél lunes primero de agosto, nos obsequió con un mercadillo callejero de fruta y verdura en la perpendicular a nuestra calle. Eso fue como transportarse en el tiempo varias décadas hacía atrás. La fruta se tocaba con las manos, sin guantes de plastiquillo ni zarandajas parecidas. Nos daban a probar la increíble variedad de aceitunas, los tomates, o los albaricoques para convencernos de su idoneidad. 

El calor, el mismo que en Madrid. Menos temperatura, pero un sol de justicia y unas cuestas que hacían que cualquier actividad en las horas centrales del día requiriera un esfuerzo notable. 

El tráfico y sus usuarios también merecen mención aparte. El tráfico no es caótico en principio. Al menos no lo sería si ignoráramos el comportamiento y la cantidad de motos que hay en la ciudad. Eso es lo que marca la diferencia, en este caso a peor. Son muchos y además pasan de todo. Los que van con casco son minoría y colarse entre los coches y hacer pirulas es la regla general. Luego están los que van de tres en tres, y los habilidosos que van fumando o llevando el café o cualquier otro brebaje con una mano y el acelerador en la otra. 

Sobre la comida, mi impresión ha sido positiva y negativa. Me explico. Los primeros contactos son buenos. Casi en cualquier sitio te preparan una excelente moussaka, o tzaziki, los gyros, los souvlakis, o su típica ensalada, pero no les saques de ahí. Lo que hace que, cuando llevas varios días, te lances sin ninguna vergüenza sobre un plato de pasta o una hamburguesa. En la costa si he probado pescado en condiciones, pero la variedad es escasa. 

Repecto al país en sí, pues sí, el viaje ha merecido la pena pese a todos mis "padecimientos". Es altamente impresionante, y "piedras", playas impresionantes y aguas transparentes aparte, me ha llamado la atención tanto lo montañoso que es, como la cantidad de vegetación que presenta en la mayoría de los sitios en los que he estado (Atenas, Delfos, Galaxidi, Cefalonia y la costa norte del Peloponeso). Supongo que esperaba encontrarme muchos más sitios áridos, que los hay, pero se trata de excepciones al verdor general de las laderas y las llanuras de olivos y vides. En este sentido, algo que me ha sorprendido negativamente ha sido mi experiencia tanto con el aceite como con el vino local. La verdad es que es algo que no acabo de entender. Tuve la oportunidad de observar más detenidamente los olivos, y desde mi más absoluto desconocimiento, hubo un par de detalles que me llamaron la atención: primero, que en la mayoría de los olivares, los árboles estaban demasiado juntos, comparando los que he visto en infinidad de ocasiones en la zona de Jaén, y la otra diferencia es el terreno en el que están que no parece limpio de hierbas ni preparado para recoger la aceituna. No sé, parece como si ésta no mereciera la pena cogerla. Quizá las aceitunas me parecieron demasiado pequeñas. 

En cuanto a la gente, y exceptuando a los motoristas atenienses, me ha parecido que es educada, respetuosa y siempre dispuesta a ayudar con un inglés correcto que casi todo el mundo maneja. Buena gente en un buen país. Me da a mí que volveremos algún día.  



domingo, 27 de febrero de 2022

El solterín (IV)

 El paso del tiempo implacable se fué llevando nuestra juventud y con ella nuestra adolescencia y las taras propias que conlleva. 

Un poco a empujones, acabamos el instituto con mayor o menor fortuna, y nos introdujo a la mayoría en la Universidad en la que nos prepararíamos para integrarnos en la vida adulta. La verdad es que nuestro grupo no aportó una colección de brillantes pensadores, hábiles economistas, o eminentes científicos, sino más bien un poco más de carne de cañón sin más para el perturbador mundo laboral. 

Pero, todos no. Luisito si consiguió despuntar como un alumno sobresaliente en la Escuela de Telecomunicaciones. Su dominio de los algoritmos y lenguajes de programación le convirtió en un codiciado profesional para grandes compañías. Sin embargo, su carácter ratonil y su torpeza social acabaron estampándole la etiqueta de genio raro. Además es que él no tenía ni grandes ambiciones ni grandes necesidades. Con su pisito, sus frikadas y un buen cargamento de jamón de york y queso en la nevera (su alimentación básica) era sobradamente feliz. 

Tampoco le llamó la Madre Naturaleza por la vida de pareja. De hecho, ni siquiera se le conoce relación alguna. Su interés por el sexo contrario (o por el propio) parecía ser nulo. Recuerdo que en alguna ocasión observé como se quedaba alelado por segundos al pasar alguna chica que, por otra parte, no tenía nada de especial en mi opinión. En todo caso, dicho ensimismamiento parecía tratarse únicamente de un error de su sistema operativo que, una vez reseteado, volvía a funcionar con normalidad. 

Sea como fuere, más de veinticinco años después del Instituto Luisito se había configurado una existencia cómoda y solitaria en un muy digno apartamento perfectamente situado para sus necesidades. No tenía más necesidades, ni aspiraciones y vivía de manera relajada sin agobio de ningún tipo. Siempre disponible para cualquiera de nosotros, sus colegas del Insti.