lunes, 15 de agosto de 2022

Impresiones griegas


La gente dice que doy la apariencia de ser muy tranquilo, aunque aseguro que no es oro todo lo que reluce. Una de las muchas causas que me inquieta es viajar, sobre todo en vacaciones. Cada vez que viajo, me pongo nervioso. No puedo evitarlo, es algo superior a mi razón. 

Para añadir inquietud a mi atribulado espíritu, elegimos como destino de vacaciones familiar un país con una lengua absolutamente desconocida, a más de tres horas y medio de vuelo de casa, con 4 cambios de alojamiento en 12 días, alquiler de coche y ferry. 

Para mi sosiego, tras un vuelo nocturno en el que, por supuesto, no pegué ojo, llegué a una ciudad que no me resultó extraña. Al fin y al cabo, los aeropuertos y alrededores son similares en todas partes, pero no sólo eso. El callejeo del taxi que nos llevó al apartamento de Atenas también mostraba una fisonomía de ciudad parecida a la de cualquier capital de provincia española. Evidentemente, esta impresión era una mera y simple primera vista. Luego, cuando bajas al terreno, empiezas a notar las diferencias. Para empezar, aquél lunes primero de agosto, nos obsequió con un mercadillo callejero de fruta y verdura en la perpendicular a nuestra calle. Eso fue como transportarse en el tiempo varias décadas hacía atrás. La fruta se tocaba con las manos, sin guantes de plastiquillo ni zarandajas parecidas. Nos daban a probar la increíble variedad de aceitunas, los tomates, o los albaricoques para convencernos de su idoneidad. 

El calor, el mismo que en Madrid. Menos temperatura, pero un sol de justicia y unas cuestas que hacían que cualquier actividad en las horas centrales del día requiriera un esfuerzo notable. 

El tráfico y sus usuarios también merecen mención aparte. El tráfico no es caótico en principio. Al menos no lo sería si ignoráramos el comportamiento y la cantidad de motos que hay en la ciudad. Eso es lo que marca la diferencia, en este caso a peor. Son muchos y además pasan de todo. Los que van con casco son minoría y colarse entre los coches y hacer pirulas es la regla general. Luego están los que van de tres en tres, y los habilidosos que van fumando o llevando el café o cualquier otro brebaje con una mano y el acelerador en la otra. 

Sobre la comida, mi impresión ha sido positiva y negativa. Me explico. Los primeros contactos son buenos. Casi en cualquier sitio te preparan una excelente moussaka, o tzaziki, los gyros, los souvlakis, o su típica ensalada, pero no les saques de ahí. Lo que hace que, cuando llevas varios días, te lances sin ninguna vergüenza sobre un plato de pasta o una hamburguesa. En la costa si he probado pescado en condiciones, pero la variedad es escasa. 

Repecto al país en sí, pues sí, el viaje ha merecido la pena pese a todos mis "padecimientos". Es altamente impresionante, y "piedras", playas impresionantes y aguas transparentes aparte, me ha llamado la atención tanto lo montañoso que es, como la cantidad de vegetación que presenta en la mayoría de los sitios en los que he estado (Atenas, Delfos, Galaxidi, Cefalonia y la costa norte del Peloponeso). Supongo que esperaba encontrarme muchos más sitios áridos, que los hay, pero se trata de excepciones al verdor general de las laderas y las llanuras de olivos y vides. En este sentido, algo que me ha sorprendido negativamente ha sido mi experiencia tanto con el aceite como con el vino local. La verdad es que es algo que no acabo de entender. Tuve la oportunidad de observar más detenidamente los olivos, y desde mi más absoluto desconocimiento, hubo un par de detalles que me llamaron la atención: primero, que en la mayoría de los olivares, los árboles estaban demasiado juntos, comparando los que he visto en infinidad de ocasiones en la zona de Jaén, y la otra diferencia es el terreno en el que están que no parece limpio de hierbas ni preparado para recoger la aceituna. No sé, parece como si ésta no mereciera la pena cogerla. Quizá las aceitunas me parecieron demasiado pequeñas. 

En cuanto a la gente, y exceptuando a los motoristas atenienses, me ha parecido que es educada, respetuosa y siempre dispuesta a ayudar con un inglés correcto que casi todo el mundo maneja. Buena gente en un buen país. Me da a mí que volveremos algún día.  



domingo, 27 de febrero de 2022

El solterín (IV)

 El paso del tiempo implacable se fué llevando nuestra juventud y con ella nuestra adolescencia y las taras propias que conlleva. 

Un poco a empujones, acabamos el instituto con mayor o menor fortuna, y nos introdujo a la mayoría en la Universidad en la que nos prepararíamos para integrarnos en la vida adulta. La verdad es que nuestro grupo no aportó una colección de brillantes pensadores, hábiles economistas, o eminentes científicos, sino más bien un poco más de carne de cañón sin más para el perturbador mundo laboral. 

Pero, todos no. Luisito si consiguió despuntar como un alumno sobresaliente en la Escuela de Telecomunicaciones. Su dominio de los algoritmos y lenguajes de programación le convirtió en un codiciado profesional para grandes compañías. Sin embargo, su carácter ratonil y su torpeza social acabaron estampándole la etiqueta de genio raro. Además es que él no tenía ni grandes ambiciones ni grandes necesidades. Con su pisito, sus frikadas y un buen cargamento de jamón de york y queso en la nevera (su alimentación básica) era sobradamente feliz. 

Tampoco le llamó la Madre Naturaleza por la vida de pareja. De hecho, ni siquiera se le conoce relación alguna. Su interés por el sexo contrario (o por el propio) parecía ser nulo. Recuerdo que en alguna ocasión observé como se quedaba alelado por segundos al pasar alguna chica que, por otra parte, no tenía nada de especial en mi opinión. En todo caso, dicho ensimismamiento parecía tratarse únicamente de un error de su sistema operativo que, una vez reseteado, volvía a funcionar con normalidad. 

Sea como fuere, más de veinticinco años después del Instituto Luisito se había configurado una existencia cómoda y solitaria en un muy digno apartamento perfectamente situado para sus necesidades. No tenía más necesidades, ni aspiraciones y vivía de manera relajada sin agobio de ningún tipo. Siempre disponible para cualquiera de nosotros, sus colegas del Insti.  

viernes, 28 de enero de 2022

Ucrania y desinformación

Lo que ocurre en Ucrania parece depender del color del cristal con que se mira. 

No debería ser así, más que nada porque hay hechos históricos perfectamente documentados y hasta ahora aceptados que debería dejar las cosas claras para todo espectador no involucrado. Pero ahora no es así. Ahora se reescribe la Historia continuamente. Lo que ayer era blanco, hoy es cuando menos gris oscuro, casi negro. 

No hace falta remontarse al Rus de Kiev para poder interpretar la situación, pero a poco que se conozca la historia de las relaciones entre la URSS o Rusia y Ucrania en los últimos 100 años se puede adivinar que no ha sido todo amor. No es nada nuevo: países vecinos, con poblaciones mezcladas que se miran con demasiado recelo. La Historia está plagada de ejemplos. 

Lo que me sorprende es esta capacidad que tenemos en Occidente para retorcer los hechos y reinterpretar lo que ya estaba bien clarito. Ahora el Euromaidan fue una injerencia de la UE y la OTAN, pese a que la OTAN no pintaba nada en esa vaina. El millón de personas que tomó la plaza entonces eran poco menos que agentes de la CIA y todos los ucranianos son unos títeres de la OTAN que, por supuesto, les ha abducido. 

Por ello, cuando un asunto se embarra de esta manera, lo mejor es acudir al Derecho, en este caso el Derecho Internacional Público. Desde 1991 Ucrania obtuvo su independencia y se constituyó como Estado soberano con una población y un territorio cierto delimitado por unas fronteras muy claras. Al menos eran claras hasta que en 2014 unos hombrecillos verdes con estructura de ejercito de una gran potencia, pero sin banderas ni distintivos de ningún tipo, ayudaron a unos patriotas rusos a declararse independientes de Ucrania para, acto seguido, declararse dependientes de la Federación Rusa. Pese a lo anormal de esta situación, nadie movió un dedo más allá de algunas sanciones económicas que evidentemente no consiguieron revertir esa extraña situación. 

Pero bueno, volvamos al debate jurídico. Cualquier Estado soberano es libre de establecer las alianzas que considere oportunas para mejorar su comercio, su cultura, o la defensa de su territorio. Considerar lo contrario es sencillamente  dogmático y manipulador. Considerar que se puede doblegar la voluntad de un estado soberano acumulando tropas en su frontera bajo la amenaza de invasión y luego mantener una negociación con otra potencia sobre el futuro del país amenazado es simplemente una sinvergonzonería que debe preocuparnos. 




jueves, 27 de enero de 2022

Monerías y redes sociales

Cuando me enteré de la existencia de las redes sociales, me apresuré a abrir una cuenta en Facebook. No sé que fecha sería. El registro de actividad de mi cuenta me deja llegar a Abril de 2008, pero yo creo que tenía la cuenta desde varios años antes. 

Recuerdo que al principio me pareció fascinante el hecho de poder buscar y encontrar a todo tipo de gente que había formado parte de mi vida. Encontrabas a alguien, no sé, del colegio y conectabas, y veías sus fotos y le preguntabas que qué tal todo, que si el trabajo, la familia... En un período relativamente corto de tiempo alcancé un número de "amigos en Facebook" realmente abultado, al menos a mi entender. Con el paso del tiempo, lejos de ver esto como una ventaja, empezó a ser un inconveniente tanto el ver comentarios con los que no simpatizaba, como a inhibirme de publicar según qué opiniones absolutamente personales. El problema no era la gente sino la publicidad de publicaciones personales y la interacción como fruto de esa publicidad. 

A ver, es cierto que no tengo 300 amigos, pero de todos los amigos que he tenido en Facebook, a ninguno he aceptado por compromiso. Todos ellos es gente con la que he sentido cierto vínculo, simpatía o cercanía en alguna etapa de mi vida, y a los que por tanto, guardo cierto grado de cariño. Gente entrañable de algún modo. De todos guardo algún buen recuerdo.  Por eso me resultada incómodo ser testigo de algunas declaraciones demasiado personales y discusiones de terceros sobre las mismas , que a su vez me hacían pensar que mis oportunísimas reflexiones podrían ser consideradas ofensivas o extrañas si se leían sin conocer el contexto que las daba origen. Resulta gracioso ahora recordar los correos de publicidad que recibía sobre unas aplicaciones que te revelaban quién te había dejado de seguir en Facebook. De este modo he ido dejando de usar Facebook manteniendo un perfil bajo desde hace muchos años. Entiendo que es una herramienta que puede ser muy útil para vender algo, pero francamente, la venta nunca ha sido lo mío.  

Mi conclusión, seguramente errónea, fue que era malo tener tantos amigos en una red social. Entonces descubrí Twitter y me uní en 2013. Me pareció, y me sigue pareciendo, la red que mejor encaja conmigo. Si no recuerdo mal, allí no tengo ningún amigo, simplemente seguidores (pocos) de quita y pon. Es cierto que tiene muchas cosas malas y que el anonimato hace crecerse a según qué pirados, pero en general, y si no se te va la pinza, me parece que es un medio muy interesante para mantenerse informado, tanto de los medios tradicionales, como y sobre todo, de los nuevos e informales, e incluso mantener discusiones bizantinas de alto nivel. Gente muy interesante, mezclada con gente extremadamente estúpida y un sin fin de gente tal vulgar como el que suscribe. Vamos, como la vida misma. 

Por último, y a fuerza de intentar (vanamente) controlar a mis vástagos, me hice una cuenta de Instagram, pero sinceramente, nunca llegué a usarla ni entenderla realmente. Mi control fue ampliamente burlado por todos los flancos y nunca llegó a interesarme. No obstante, ahora que ya esa batalla está perdida, me he intentado acercar a esta plataforma y, francamente, lo que he visto, no me ha gustado nada. No es por el contenido. Mucha gente guapísima, monísima y graciosísima, pero poco fuste. La cuestión es que te puedes pasar horas haciendo dándole con el dedito hacía abajo y descubriendo millones de videos de gente haciendo monerías que, tampoco es que aporten demasiado. 

Ah bueno, miento, también me hice una cuenta de Linkedin, pero sinceramente, sin comentarios. 


domingo, 16 de enero de 2022

Miedo a hablar

En casa discutimos. Sobre todo mi hija adolescente y yo. Mi mujer y mi hijo odian que lo hagamos, pero lo cierto es que cuando nos ponemos, es difícil parar. Supongo que, en su caso es porque, aparte de ser vehemente y extremadamente lista, también está bien informada y es esclava de su tiempo en cuanto a qué se debe pensar sobre qué asuntos. 

En mi caso no es así. No reúno tantas cualidades intelectuales. Soy consciente de que mi yo de 17 años habría considerado a mi princesa como un ser de luz inalcanzable intelectualmente hablando. No voy a entrar en detalles, pero mi herencia intelectual se compone de un mosaico realmente complicado de explicar. Bueno, en todo caso, lo que a mí me impide parar de discutir es el gusto por discutir en un entorno seguro

Eso es lo triste, que para hablar con libertad hay que hacerlo en entorno de confianza en el que el amor está por encima de las posiciones enfrentadas. De esta forma puedo argumentar con ella mi oposición a que las dosis de refuerzo, que me parecen una tomadura de pelo; a que la legislación que favorece a un género o una opción sexual es tan errónea como el propio machismo, o que hay que adaptarse al Cambio Climático más que "luchar" contra el mismo porque es absolutamente imparable.

Posiciones todas ellas que tan sólo serían entendidas por un viejo lesbiano, como diría F. Barrio, pero que el resto de la "opinión pública" consideraría de un fascismo ignorante obsoleto y repugnante. 

Cuando tenía 20 años me importaba una higa lo que opinara el resto, pero,  ¡ah amigo! con 50, un trabajo, dos adolescentes y un perro, prefiero tener un perfil bajo como dicen los criminólogos... los criminólogos, ¡tocate los pies!. 

En fín, es lo que hay. 

Por cierto "Señora que me llamó la atención el otro día por no llevar la mascarilla puesta en una calle desierta a pesar de que me la puse en cuanto me abroncó", ni soy mala persona, ni irresponsable. Solo estoy un poco harto, eso es todo. Ahora bien, también le digo que es posible si me vuelve a llamar la atención de una manera que considero injustificada, me echaré al monte sin remisión. Avisada queda.   

 

lunes, 20 de septiembre de 2021

Cumpliendo 30

 Hace poco tuvimos comida familiar para celebrar el 30 aniversario de mi sobrina. 

Estuvo fenomenal, tanto la comida como la compañía. 

Se da la circunstancia de que estamos en el período en el que los sobrin@s se van haciendo mayores, y meten codo para incorporar a sus parejas en las dinámicas familiares, lo que hace que se trate de una época sumamente interesante de observar. 

De este gran evento, extraigo las siguientes conclusiones positivas de mayor a menor: 

1 Seguimos manteniendo lazos que sostienen estructuras y relaciones sociales guardando cierto sentido con la tradición que he vivido. Recuerdo perfectamente cuando mis cuñad@s se incorporaban a las comidas familiares y empezaban a darse a conocer en casa. 

2 Los fichajes incorporados, son gente cultivada e interesante, lo que me hace pensar, aunque según debo admitir de manera absolutamente gratuita, que en el caso de tener descendencia, el resultado no debería desmejorar "la estirpe". Desde un punto de vista sociológico debería estar avergonzado de este razonamiento, pero ¡qué coño!, es mi familia. 

3 Los "jóvenes maduros", en sus veinte y tantos, o sus treinta y pocos, se sienten en la plenitud de la vida y la sabiduría. Se les ve confiados, con ganas de mejorar el mundo y corregir a esos vejestorios que se aferran al poder con sus manidos argumentos y razonamientos. Así debe ser, como vejestorio que soy, sé que no tienen razón, o al menos, no todos la tienen. Sólo unos pocos, que llegarán felizmente a ser vejestorios aferrados al poder y acosados por ávidos jovenzuelos arrogantes. 

4 Una cosa que no me gusta, es que me parece que confunden la realidad con lo que se cuece en las redes sociales, lo que me hace pensar que ignoran a una inmensa mayoría de gente real que está completamente ajena este infierno falaz, parcial y sesgado de las redes sociales.

Pero vamos, que en general todo bien. Sin proyectos muy definidos de futuro, en plan boda, o niños, pero al fin y al cabo, estos, como nosotros, cuando menos te lo esperas, te salen con la invitación y la lista en El Corte Inglés. 

Al releer, creo que me ha quedado un post muy viejuno, pero es lo que tenemos los cincuentones. Ya no hay vuelta atrás. 

 


 

sábado, 4 de septiembre de 2021

El solterin III

 Luis(ito), ¡ay mi Luisito!. 

Adoptado como mascota por la caterva de amigotes, Luisito era un tipo singular. Cuando recaló en el  grupo de adolescentes inconscientes, borregos y descerebrados, adoptó el papel asimilado a mascota del grupo. Carecía de lo que considerabamos los niveles mínimos de presencia y pose para ser admitido en el rebaño, pero aquel pavo tenía algo de cachorrito que inducía a su adopción. 

Pronto nos dimos cuenta de que, además del marketing que aportaba nuestra obra filantrópica con su aceptación en el grupo, tenía otras ventajas insospechadas. En el aspecto académico Luis era una máquina. Además, consciente de su arrolladora superioridad en ese aspecto con respecto al grupo, se hacía valer notablemente, incluso despóticamente. Todo empezó cuando Juan, a la sazón el más macarra y expeditivo de la pandilla, le conminó a que le hiciera los ejercicios de matemáticas o que se atuviera a las consecuencias. Recuerdo perfectamente la escena y, he de confesar que aunque no iba contra mi, me sentí intimidado. Pero lo que me dejó boquiabierto fue la reacción de Luis. Con perfecta calma y las dotes docentes de un profesor de instituto baqueteado y vocacional, convenció al matón de que no le iba a hacer su trabajo, y que no se lo iba a hacer porque no era justo (eso a Juan le daba igual) y porque, de hacerlo, convertiría a Juan en más inútil de lo que ya era (y eso a Juan ya no le daba tan igual). 

Si hubiera tenido que elegir un adjetivo para describir a Juan, "inútil" no sería el escogido. No al menos en primera instancia y no sólo por las consecuencias que pudiera tener el despertar la furia de Juan, sino porque, a mis ojos adolescentes, medir un metro y ochenta y cinco centímetros con una proporción considerable de masa muscular, y su actitud arrogante y chulesca, hacían que le viera más con envidia que con misericordia. 

Pero ahí estaba Luisito, con su metro setenta raspado, mirando a los ojos a Juan y bajándole los humos al coloso. Este, en el medio segundo de reflexión que el desconcierto le ofreció, debió valorar que si le daba dos guantazos, él se quedaba sin deberes hechos y con su imagen dañada en el grupo por abusar de uno de sus miembros, por lo que dominado por el estupor dió el tiempo necesario a Luis para que, con toda la paciencia del mundo empezara a explicarle los misterios matemáticos que impedían a Juan realizar correctamente su tarea, para finalizar con una píldora filosófica cuando le dijo: 

- Ves, si te hubiera hecho los ejercicios seguirías sin tener ni idea del tema. Llegarías al examen hecho un zoquete y suspenderías igualmente. De esta forma, ahora sabes hacerlo y tus probabilidades de aprobar se multiplican. 

Había nacido una estrella, o mejor dicho, Luis había enseñado su super-poder en el grupo y afianzado su status entre nosotros, lo que hacía que el resto de sus "taras" fueran toleradas con cariño, y por supuesto, defendidas ante cualquier agresión externa. Aquellas trazas, esas gafas, los chistes malísimos y su forma de reir ya no eran ningún problema.