Mostrar dudas contra las corrientes oficiales de pensamiento siempre fue síntoma de tener espíritu crítico. Pero ahora no. Ahora mostrar, aunque sea ligeras discrepancias contra las ideas que han sido aceptadas en todos los ámbitos, te convierte en un oscuro generador de bulos y desinformación.
Hay ciertas materias intocables para las que no se admite ni la más leve disidencia. Las conocemos todos y, tristemente, todos lo asumimos mansamente. El feminismo, el cambio climático o cómo se debe gestionar la inmigración son materias en las que hay que tener un tacto exquisito para evitar ser tachado de negacionista, retrógrado, fascista, o apelativos de nuevo cuño que persiguen exactamente el mismo objetivo, que sigue siendo callar al disidente.
Detesto ser el abuelo cebolleta, pero cuando era joven, allá en los noventa, podíamos hablar con más libertad. Sí, quizá con menos criterio, pero indudablemente con más libertad. Esto te daba la ventaja de conocer con mayor precisión a la gente con la que tratabas. En cambio, ahora, siempre queda la duda de si nuestro interlocutor está siendo siendo sincero cuando declara su cruzada contra el cambio climático, o simplemente se limita a posicionarse en un lugar socialmente aceptable para no tener problemas.
Acabamos de dejar atrás el 8 de marzo, con sus manifestaciones y consignas, y confieso que no pude plantear el debate en casa sobre mis dudas con respecto a qué se reclamaba exactamente, o contra qué o quién se manifestaban. Una vez más, lo ves y te callas para no tenerla. No tengo nada en contra del feminismo. De hecho estoy muy orgulloso de cómo ha evolucionado la sociedad española en este aspecto en los últimos veinte años, pero afortunadamente, en este aspecto he tenido la suerte de poder decirle a mi hija que, efectivamente tiene todo el derecho a volver sola y borracha a casa cuando le salga de las narices, pero aunque la inmensa mayoría de la sociedad está de acuerdo en ese derecho, no es aconsejable hacerlo porque siempre va a existir la posibilidad de que un maldito cobarde se aproveche de su soledad y vulnerabilidad para consumar sus obsesiones. Y sí, evidentemente sería un hombre, lo que no nos convierte al resto en sospechosos de nada. Precisamente todos los que no lo somos haríamos lo que fuera para evitar que fuera agredida en cualquier sentido.
Lo de la inmigración es más gracioso todavía, porque mientras unos insisten en que recelar de una inmigración descontrolada te convierte automáticamente en racista; ahora hay una solida corriente que hace de la "lucha contra la inmigración ilegal" su cruzada inquebrantable. Igual de estúpida e insostenible que los de la lucha contra el cambio climático.
El reparo al forastero, no es racismo, sino simplemente biología. De hecho, en la mayoría de las especies no existe "reparo" sino directamente rechazo. La territorialidad entre especies es un hecho incuestionable. En cambio, nuestra especie tiene mayoritariamente reparos, que es mucho más mono y llevadero. Basta con que el visitante foráneo se comporte dentro de nuestros marcos socialmente aceptables para que se le acepte sin mayor problema. Y así ha sido desde siempre.
Realmente, en España no tenemos ningún problema con la inmigración. Si acaso lo tenemos con un sistema judicial anquilosado, demasiado garantista e ineficiente. Las estadísticas de los nuevos cruzados contra la inmigración ilegal demuestran que, proporcionalmente, la mayoría de los delitos son cometidos por extranjeros; obviando que la mayoría de los extranjeros no cometen delito alguno, y de hecho, se integran con mucho esfuerzo y contribuyen de manera capital a que este país avejentado siga funcionando como necesita.
Por cierto, es muy gracioso como los nuevos cruzados adoptan exactamente las mismas tácticas inquisidoras que sus opuestos políticos, de manera que cuando razonas la necesidad de aporte inmigrante a nuestra sociedad, inmediatamente les viene a la boca que eres un "globalista" del mismo modo que a los otros se les llenaba la boca de racismo con ellos.
En fin. El que se pica, ajos come.